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Llega el verano y florecen las personas apenas protegidas por camisolas abiertas, nikis o camisetas con mensaje. Ellas, y eso es un placer aunque me tachen de machista, enseñan sus piernas y las sonrisas tienen un aspecto cordial en las terrazas, que se pueblan de gente que bebe granizados, cervezas y refrescos con el único afán de tomarse un respiro y conversar.
El calor trae la plática y también el deseo; el afán de liberarse de corbatas o buzos, del almidón de los despachos o del atribulado ritmo de las máquinas de las industrias. Algunos privilegiados tienen una piscina en su casa. Y se bañan sólo para refrescarse a pesar de esos michelines que tapaban el engrudo del frío.
Es muy bello el otoño pero ahora el cielo azul no se compara con nada y las ventanas de las casas se abren de par en par por las mañanas para que penetre en nuestras guaridas el fresco de la amanecida. Es verano en este hemisferio y da gusto callejear cuando cae la tarde, sentarse en un banco, leer el periódico comenzando por la última página y que no haya más preocupaciones que saber si ha acertado el horóscopo.
o Este artículo lo he publicado hoy en Diario La Rioja en una serie que sale los jueves y que lleva por título Mira por dónde.